Con la publicación en 1992 de Velocidad de los jardines, que cumple su vigésimo quinto aniversario, nació un libro que ha trascendido a diferentes generaciones como lectura indispensable del cuento contemporáneo.
Su autor subrayaba las existencias de unos personajes que se debaten entre la banalidad y el prodigio; constituyen el pretexto para levantar una escritura cargada de sabores y olores, allí donde la memoria de cada cual inventa sus jardines, trafica sensaciones, protagoniza sombras, puesto que en este libro rápido y lento, el lector no encontrará otra velocidad que la que el tiempo impulsa ni viaje más difícil que el regreso a los pupitres.
Veinticinco años después, un mismo pero renovado Eloy Tizón confiesa en el prólogo: Con este libro ha sucedido algo extraño.
Lo tenía todo para ser olvidado y sin embargo, ya ves, no lo ha sido.
Intentaste construirlo con materiales nobles, para que dure.
Es una conspiración de los lectores; todo el mérito es suyo, de su constancia e interés.
Has tenido mucha suerte, otros no han tenido tanta.
Ahora lo ves lleno de tiempo.
Pletórico de tiempo, otra vez nuevo .













