Las prosas de ‘La mariposa de Dinard’ sorprenden por la variedad de paisajes y personajes que reúnen. En ellas hallaremos desde evocaciones de la infancia y adolescencia bajo el sol de la Liguria, hasta crónicas de carácter claramente florentino, retratos de mujeres mundanas, hombres de costumbres excéntricas y páginas que parecen extraídas de un diario de viaje. Imposible citar los argumentos sin estropearlos; mejor indicar su sustancia de superficie quieta pero hirviente en el interior del lenguaje; mejor poner de relieve el distanciamiento o las intervenciones humanas imprevistas que, con sólo rozar la realidad, dibujan con mayor vigor sus contornos, haciendo de ella una narración vívida. Sustraídos a la vida precaria de lo cotidiano (la tercera página del ‘Corriere della Sera’), estos relatos aparecen aquí reunidos como una novela , múltiple pero homogénea, capítulos de
sólo aparente divagación frente al variado espectáculo de la vida. En ellos se manifiesta una tendencia al humor, a lo grotesco, que, siendo muy acusada en Montale, sólo en las últimas obras aflora en su poesía. Y también se escucha, en una sucesión de momentos felices, al conversador cáustico y brillante, al improvisador capaz de volver memorable una velada, un Montale íntimo y enigmático que sólo sus amigos conocían.
La mariposa de Dinard
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